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Trilogía suiza

rupurrup | 23 Desembre, 2009 21:56

Chocolate

Su cuerpo era de chocolate blanco. Puro. Algo más delgado de lo que marcan los cánones clásicos. De pie en la trastienda, y desnuda como el maestro la trajo al mundo, se tapaba todos los senos que abarcaba su mano derecha: uno entero y del otro sólo una parte diminuta. El resto descubierto del segundo seno apuntaba erguido hacía la puerta del baño, de dónde Kurt salía. Con la otra mano, la gran diosa del amor, agarraba sus infinitos cabellos de ángel y se los colocaba en la entrepierna, escondiendo su monte y su aparato reproductor.

Kurt estaba excitado como nunca. Al llegar junto a ella, pasó un dedo por los bordes del pezón de chocolate “au lait” que quedaba al aire, y saboreó, con la punta de la lengua, los labios de cereza caramelizada de la mujer perfecta.

Esperó unos minutos más a que se pusiera dura y la metió en una concha con sabor a dulce de leche.

- Señor Frentzel, venga un momento. Tengo problemas con Alice. No chupa - informó Ilaria desde el mostrador.

Kurt salió de la trastienda como el que abandona forzado una orgía para atender una llamada de un comercial de telefonía. En un arrebato de mala hostia cogió a Alice y apretó varias veces el botón de “On”, situado en el lomo de esta elefantita aspirador. Al mismo tiempo, iba metiendo la yema de un dedo en el hueco de la trompa, a modo de comprobación.

- Se habrán agotado las pilas.- sentenció - ¡Ve a comprar!

- Jefe, no se enfade… Alice es una elefantita muy mona, pero no es muy eficiente... Podríamos comprar un aspirador de migajas mucho más potente, con batería recargable, como el que teniamos en la pastelería de Cortona donde trabajaba yo antes.

- Bah! ¡Pastelerías, pastelerías!… Las “pastelerías” son esos sitios cutres que teneis en Italia. A ver si te enteras de una puta vez: ¡Ahora trabajas en una “bom-bo-ne-rí-a”! ¡Una de las más selectas de Zürich! ¡Aquí somos refinados! ¡No voy a cambiar mi Alice por una mierda de aspirador ordinario!

- Vale, vale, como usted mande.

Ilaria se abrochó hasta los pies un abrigo de plumón ignífugo que la transformó en hot dog andante, mientras Kurt farfullaba algunas palabras de viejo gruñón en dialecto suizo-alemán con acento francés de Trient, un pueblecito a los pies del Mont-Blanc. Ella entendió dos o tres insultos claramente, pero salió por la puerta sin inmutarse. Aunque eso sí, una vez en la calle, masculló una frase terminada en: “…cazzo, veramente”.

Kurt Frentzel era más conocido por su mal humor que por su arte, a pesar de ser uno de los siete grandes maestros chocolateros suizos. Cada año, pocos días antes de navidad, exponía una espectacular figura de chocolate en el escaparate de su prestigiosa bombonería, en la Bahnhofstrasse. Esa misma tarde expuso la que el propio Frentzel calificaría, poco antes de su muerte, como la mejor obra de su larga trayectoria chocolatera. Se trataba de una composición inspirada en “El Nacimiento de Venus”, de Botticelli. Estaba formada por una mujer de chocolate blanco y largos cabellos de angel, con un pezón de chocolate con leche, labios caramelizados de cereza y ojos de papaya verde confitada. Medía casi un metro de altura y tenía los pies anclados en el interior de una enorme concha, refundida de caramelos toffee. Un pequeño mar de cristal de azucar y una playa de mazapán completaban la escena renacentista.

Frentzel supo des del momento que la colocó en el escaparate, que su Venus semidesnuda encandilaría a la más alta y refinada beautiful subnormales de Zürich.

Hielo

Trescientos metros calle arriba, a la altura de las oficinas centrales de Swiss Air, Ilaria iba de camino a la droguería cuando sus pasitos cortos desaceleraron ante un joven que amartillaba un cubo de hielo del tamaño de una conservadora.

- ¿Qué vas a esculpir?-preguntó.

- Un Jumbo 747.

- Jo, qué difícil, ¿no?

- Sí, aún no sé qué hacer para que no se me caigan las alas. Nunca he esculpido hielo con tanta longitud de vuelo.

- ¡Vaya…Pues te deseo suerte!

- ¡Gracias! ¡Toma una tarjeta!

- ¡Ah vale! Si necesitas que te ayude a sujetar un ala me lo dices. Trabajo aquí al lado, en la bombonería.

- Ok.

Frank se ganaba la vida dando forma a elementos perecederos. La tarjeta de visita que le dió a Ilaria decía mucho de su manera de pensar y de trabajar: “Frank Iseli. Escultor de arena y hielo. “Llame a este número si encuentra belleza que dure más de un segundo”.

Swiss Air le había contratado para esculpir en hielo un avión de los de nueva adquisición. Si lo conseguía, le regalaban un billete abierto de ida y vuelta, para dos personas, a cualquier aeropuerto del mundo.

A la mañana siguiente, 21 de Diciembre, el Jumbo 747 intentaba despegar desde un iceberg transparente, en el centro de esa calle comercial colapsada de gente. Ilaria se paró a contemplar semejante belleza durante, al menos, quince o veinte segundos, obligándose a reportar la noticia al artista. Le envió un mensaje de texto al número móvil que aparecía en su tarjeta de visita:

- “¡Enhorabuena! Conseguiste que las alas no cayeran. Un trabajo magistral. Debo informarte de que encontré en tu escultura más de un segundo de belleza ;) Ilaria (de los bombones)”

Segundos más tarde recibió respuesta:

- Gracias Ilaria. Yo también he visto la Venus de tu bombonería y está muy bien lograda. Si quieres, tomamos un café y hablamos de escultura”.

Eso nunca sucedió. Ilaria tomó un té negro y Frank, un vino caliente aromatizado con frutos secos. Y no hablaron de escultura, sinó de elefantes.

- ¿Sabes por qué los aviones grandes se llaman Jumbo?-le preguntó ella, recién sentada en una de las mesas del fondo del Café Balthazar.

- Jumbo era un elefante, ¿no?

- Sí, pero seguro que no te sabes su historia, ¿a que no?

- No. ¿Tu sí? A ver, cuenta…

- Sí. A finales del siglo diecinueve fue capturado en Etiopía. Su nombre, Jumbo, significa “hola” en swahili. Fue llevado, primero a París, y después al Zoo de Londres. Creció hasta unos impresionantes cuatro metros de altura y se hizo muy popular en Inglaterra. Muchos niños se subieron a su grupa, entre ellos algunos que después fueron celebridades, como Churchill. Al cabo de un tiempo un circo americano lo compró y lo embarcó hacia Nueva York. Desde allí recorrió los Estados Unidos cosechando un gran éxito de público. Un día, parado en una estación de Oregon, Jumbo vio a un pequeño elefante amigo suyo, llamado Tom Thumb, desorientado en medio de las vías. Jumbo corrió para salvarlo de una locomotora, que marchaba directa hacía el pequeño Tom. Le empujó para echarle de la vía, en el último segundo. El pequeño se salvó, pero el grande no tuvo tiempo de escapar y murió atropellado. En esa época fue noticia a nivel mundial. El tren descarriló con el choque. ¡Imagínate lo grande que era ese bicho!

- Joder.

- Sí. El maquinista del tren también murió. Después lo disecaron (al elefante, no al maquinista) y montaron un espectáculo itinerante llamado “la novia de luto”, en el que se mostraba a Jumbo disecado junto a una elefanta, viva, llamada Alice.

- Pobre Alice…vaya vida… Todo el tiempo al lado de ese animal muerto…Yo estoy totalmente en contra de disecar animales.

- Yo también.

Hubo un minuto de silencio que ninguno de los dos pudo calificar de incómodo. Aprovecharon para beber y mirarse un poco.

- ¿Y tú cómo es que te sabes tan al dedillo la historia de Jumbo?-preguntó él.

- Mi jefe… que se le va un poco la olla y me la ha contado varias veces. Le gustan mucho los elefantes. Le puso el nombre de Alice a una elefantita que tenemos en la bombonería, así de pequeña, muy graciosa, que va a pilas y aspira migajas con la trompa.

- ¿Ah sí? Pues a mi también me fascinan estos animales. De hecho mañana quiero preguntar a Swiss Air si tienen vuelos a Sri Lanka. Me han hablado de un pequeño bungalow en la selva, en medio de la nada, donde es posible pernoctar varias noches. Estas allí tú sólo, rodeado de naturaleza. Sin luz ni agua. Se encuentra en el Parque Nacional de Udawalawa, que es, precisamente, una reserva de elefantes.

- Suena genial.

- Sí. Tengo que pensar qué hago. Con esto de la escultura, Swiss Air me paga un viaje para dos personas a cualquier parte del mundo. Sólo necesito decidir mi destino y buscar acompañante.

Cera

Un Jumbo 747 esculpido en metal pesado aterrizó un diecinueve de enero en un precioso palmeral llamado “Colombo Bandaranaike Internacional Airport”.

Ilaria y Frank habían contratado un coche con conductor local, que les llevaría al Parque Nacional del que había hablado él, dos días antes de navidad, en el café Balthazar. Por la carretera, saliendo de Ratnapura, pasaron cerquísima de un elefante domesticado de unos tres metros de altura. Los dos se miraron, elevaron las cejas y se estrecharon fuerte las manos, emocionados ante la aventura que estaban a punto de llevar a cabo.

En las oficinas de Udawalawa, a la orilla de un grandioso lago, pagaron la reserva de su bungalow y se subieron de pasajeros a un cuatro por cuatro.

Ya era de noche cuando llegaron a su pequeña cabaña, que no era más que una casita de madera, muy tímida, que pedia permiso para sobresalir entre la maleza, y perdón por su impacto en la naturaleza. Estaba la pobre tan apartada del mundo que no se planteaba la existencia de otras estructuras de su raza, y mucho menos de calles llenas de casas, como la lejana Bahnhofstrasse de Zürich.

El conductor cingalés descargó algunas cajas del Jeep y les dijo a los huéspedes que se fueran a dormir temprano, que estarían cansados de tanto viaje, y debían reponer fuerzas porque a las cinco de la mañana volvería a por ellos para llevarlos de safari. Con el ruido del motor y de las cajas, algunos monos se alborotaron y chillaron desde los árboles, contentos con la nueva oportunidad de robar comida a turistas despistados.

Pero los dos jóvenes no querían dormir. Cuando el Jeep se fue, se sentaron en unos balancines de la terraza, dispuestos a escuchar todos los sonidos y a oler todos los olores del místico ecosistema asiático. Enseguida oyeron el ululato de un buho, al que siguieron decenas de voces irreconocibles, voces de animales que sólo habían oido antes en Platoon y Rambo II Acorralado. Al cabo de treinta sonidos, Frank empezó a temer que podía ser devorado en cualquier momento y, para entrar en la cabaña sin perder su hombría, puso la excusa de que tenía sueño.

El día siguiente, veinte de enero de 1997, se mantuvo durante varias décadas en el top five de mejores días de sus respectivas vidas. Al alba, pasearon entre manadas salvajes de elefantes. A mediodía comieron acompañados por búfalos y águilas en un estanque impresionante. De camino a la cabaña, mientras el sol se agachaba, jugaron de pie en la parte trasera del cuatro por cuatro, esquivando las ramas de los árboles.

Después de cenar en el bungalow curiosearon entre las cajas que la noche anterior había descargado el conductor. Buscaban algo dulce de postre, pero sólo encontraron velas anti-mosquitos.

Ilaria aprovechó para contar un secreto:

- ¿Sabes, Frank? Yo también soy medio escultora. En casa he hecho algunas figuritas de cera.

- ¿Ah sí? Pues podriamos hacer algo ahora. ¿Qué te parece? Por ejemplo con esta, que es la más grande…

- ¡Vale!

Decidieron moldear esa vela con las curvas de un tipo de ficus del que habían quedado prendados durante su excursión diurna. Un árbol que no tiene un único tronco, sino decenas de ellos, unos de grosor normal y otros más delgados, como lianas, y que soportan su propio peso y el de sus ramas entrelazándose mil veces hasta la copa. Tenían uno precioso delante de su cabaña, así que lo que hicieron, básicamente, fue una copia a escala.

Frank sacó una navaja suiza de su maleta y empezó marcando la vela con algunas rajas verticales, haciendo eses. A medida que él iba perforando, ella le iba dando ideas para nuevos tallos y quemaba la cera para redondear los cantos.

Por aquel entonces, ambos desconocían que habían caido seducidos por una especie de arbusto denominado “ficus estrangulador” o “mata palo”, un ficus canibal que va enredándose por los troncos, las raices y las ramas de otros árboles hasta que los devora literalmente. Las víctimas se asfixian con tanto abrazo y mueren en un par de años por falta de luz y agua.

Cuando tuvieron lista la pequeña obra de arte, la compararon con el ficus que tenían delante, y luego Frank pidió a Ilaria que prendiera la mecha.

- Ai no, Frank ¡me da pena! Con lo bien que nos ha quedado… ¿No puedo llevármela a casa?

- No. De ninguna manera. Esta vela pertenece a este lugar y a este momento.

Ilaria puso una de esas caras tristes y seductoras que las mujeres utilizan para ablandar corazones, y Frank insistió sacando a relucir, una vez más, las clausulas extravagantes que se habían firmado al formalizar el contrato emocional entre el artista y la persona normal. Ilaria tuvo que abdicar finalmente y encendió la mecha del ficus de cera, que empezó a consumirse sobre un antiguo pupitre que hacía las veces de mesa.

Estuvieron analizando las formas que dibujaba la cera al fundirse, y hablaron de lo pequeñísima que es la Tierra. Cuando levantaron la cabeza en busca de la estrella polar, vieron como las ramas de los árboles se agitaban violentamente. A Frank le pareció oir un bramido, milésimas antes de que chillaran como locos sus vecinos los monos.

- ¿Has oido eso?

- No, ¿el qué?

- No sé, vamos a dentro.

Ilaria agarró de un manotazo la vela y entraron en la cabaña corriendo. Se colocaron detrás de la puerta y miraron por la ventanilla para ver si pasaba algo. La selva se había quedado muda de repente y sólo se oía la respiración nerviosa de Frank. Las luciérnagas bajaron el diferencial e Ilaria sopló la vela por solidaridad. Lo que pasó a continuación fue un fantástico elefante macho, rozando la puerta. Uno de los elefantes más bellos e inteligentes que habían visto en Sri Lanka, que llamaba la atención por sus pezuñas blancas reflectantes. El animal anduvo tranquilo, rodeando la cabaña, durante un minuto que se hizo eterno. Estuvo olfateando con la trompa los balancines y el pupitre de la terraza, en busca de restos de curry. Sin duda era de los que han aprendido que no existe propiedad privada cuando uno es exageradamente grande.

Al marcharse el gigante por donde había llegado, Ilaria se alegró de haber visto en los ojos de Frank al verdadero ser humano, al niño asustado que todos llevamos dentro, aunque intentemos disimularlo. Le abrazó cariñosamente y estuvieron comentando un buen rato la belleza de ese instante vivido con el elefante.

Más tarde encendieron otra vez la llama y cayeron desnudos sobre la cama, enredados hasta las raices. El objetivo de la noche era beberse toda el agua para disecar ese veinte de enero del noventa y siete. Aprovechando la sed que tenían, y las ganas de algo dulce, empezaron a lamerse uno a uno los poros de sus pieles. Al cabo de una hora ya estaban cerca de obtener lo que Frank había reservado desde Zürich: “una cabaña para estar solos con la naturaleza, sin luz ni agua”.

Pero se esforzaron tanto por absorverse y por amarse que el oxigeno del interior de la cabaña empezó a agotarse.

La falta de aire se hizo latente cuando la vela que habian modelado se apagó con el viento de un gemido, a varios metros de distancia. Ahora sí, sin luz, sin agua, sin aire y sin teléfonos de emergencia, no les quedó otra que salir desnudos de la cabaña, haciéndose el boca a boca. Se sentaron uno encima del otro en uno de los balancines, que resultó incómodo y antinatura, así que lo hicieron de pie, de rodillas, y tumbados en el suelo, agarrados con las uñas a los troncos del ficus que habían copiado antes. Ilaria aulló como bestia en celo enseguida que recuperó algo de aliento, y las aves que dormían en las ramas más altas se asustaron y prendieron el vuelo.

Frank, encima de Ilaria, sudaba la poca agua que le quedaba, luchando ferozmente por mantener dura su más íntima obra de arte. La simbiosis total entre mujer, hombre y reino animal le había sumergido en un estado de euforia incontrolable. Su cabeza le había dado un vuelco tremendo y ahora se esforzaba para alargar hasta el infinito la belleza del momento.

Olvidó por completo su filosofía urbana. Olvidó cómo se había transformado en agua su Jumbo de hielo de la Bahnhofstrasse, cómo los niños pisotearon todos los castillos de arena que construyó en verano, cómo se había derritido en una noche su árbol de cera.

Abrazó aún más fuerte a Ilaria, que seguía aullando con sus garras clavadas en la savia del arbol.

Cuando la historía llegaba al final, cuando Frank creía haberse librado de todo lo racional, le vino a la memoria la letra de la maldita canción de siempre: “que sólo dura un segundo la belleza, y que está prohibido enamorarse de ella”.

Gritó “¡noooooooooooooooooooo!”, pero ya era demasiado tarde para canviar el curso de la naturaleza.

“¡Aaaaaaaaaaaah!, gritó ella al mismo tiempo, alterando, entre los dos, el sueño de mil habitantes del planeta.

Para expresar tal explosión de placer sin atraer a depredadores nocturnos, tuvieron que acortar los gritos y morder un puñado de hojas del suelo cobrizo. Fue una manera poco sutil de agradecer a la fotosíntesis aquel maravilloso orgasmo ecológico.

Frank nunca supo determinar la hora exacta, aunque serían alrededor de las once cuando Ilaria se convirtió definitivamente en su Venus de chocolate.

De regreso a Suiza, el escultor se encerró en su taller y empezó a estudiar otros materiales, como el bronce.

Todavía hoy día, cerca del lago Constanza, posa imponente en el jardin de una casa, un elefante tallado en este material, con pezuñas de mármol blanco, que Frank Iseli esculpió en 2002 para su hija Chiara.

Comentaris

  1. Re: Trilogía suiza

    Maiki...me ha encantado...el elefantito aspirador ha resultado ser de lo más excitante e inspirador....quien te lo iba a decir e???

    soni. | 24/12/2009, 17:06
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