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Historia Viral

rupurrup | 01 Maig, 2020 19:55

- Soy un virus -dijo él-. Lo soy, como mínimo, desde el catorce de febrero, pero no lo he querido aceptar hasta hoy. Esa noche acababa de salir. Recuerdo que estaba apoyado en una barra de acero inoxidable de un bar de Malasaña. Llegó una chica y me tocó sin querer con la mano. Todo fue muy rápido. Enseguida se puso a hablar. Me iba acercando cada vez más a su carita, y cuando vi la oportunidad, me abalancé sin dudar sobre su boca.

Me llevó a su casa y nos metimos en la cama. Yo estaba ya dentro de ella cuando entró su padre y me pilló. Era un hombre grande y gordo. Cogió un calentón que no veas. Daba miedo. Se ve que fumaba mucho, y cuando quería gritar, sólo le salía tos desde las cuerdas vocales. La madre y la abuela de la chica también me pillaron en esa habitación. Me agarraron los tres bien fuerte. Tanto, que acabé en el hospital.

En una camilla del 12 de Octubre es donde conocí a Marilia, la enfermera. Se acercaba por allí cada noche y entre el roce y tal… pues una cosa llevó a la otra. Acabé pasando una semana en su casa, yendo de la cama al sofá y del sofá a la cama. Su novio apareció un día, por sorpresa, y me pilló en la cocina. Era un chaval fuerte y bien plantado, de unos treinta años. Por suerte, no le afectó mucho pillarme en esa casa. Bueno, mira si le afectó poco, que hasta salió de fiesta conmigo…

¡Y qué fiesta! Fuimos a una discoteca cerca del Bernabeu. Unas chicas… ¡impresionantes! Le entré por los ojos a una malagueña que estaba bailando con sus amigas. Vivía en Leganés. Con ella pasé también una buena semanita en la cama.

La verdad es que la malagueña, que se llamaba Isabel, era preciosa. Un encanto de niña, y buena persona además. Era cuidadora en un geriátrico. Y no tenia novio. Llegué a plantearme una relación seria con ella durante el segundo fin de semana. Por eso fue un shock para mi cuando descubrí que le gustaban las mujeres.

Ese descubrimiento fue el mismo lunes, que fui con ella a su trabajo. Nos metimos en la habitación de una residente con Alzheimer y entró una limpiadora. Sin mediar palabra, la limpiadora y ella se empezaron a magrear en las narices de la residente. Yo allí no sabía donde meterme, me iba agarrando a una y a la otra. La cosa se puso muy salvaje y al final acabé con la señora del Alzheimer.

Esas semanas fueron muy locas. Fui pasando de habitación en habitación del geriátrico y acabé con cuatro o cinco residentes. Un policía, que era hijo de una de ellas, me pilló una mañana en el comedor y me sacó de allí.

El hijo de puta me tuvo confinado en su casa dos semanas. Estuve a punto de morir de inanición en esa cuarentena. Menos mal que a los quince días tuvo que volver a trabajar y aproveché para escaparme.

No tenía realmente a donde ir. Me quedé tirado en la calle varios días, durmiendo en unos plásticos, hasta que me cogió la señora Laura y me trajo aquí. Me dijo que usted podría ayudarme.

Espero que pueda realmente hacer algo por mi, porque estoy enfermo y muy desesperado. No puedo sacarme de la cabeza la idea de estar dentro de una mujer otra vez. Lo necesito como el agua. Es superior a mi.

Quiero dejar esta vida de virus a un lado.

Por cierto, usted es bien guapa, ¿cómo se llama?

- A ver, primero de todo: usted no es ningún virus. ¿Usted sabe lo que es? Usted es un degenerado, un depravado, un adicto al sexo. Tendré que ponerle en tratamiento. De momento, lo que puede ir haciendo es quitar esa mano de mi rodilla si no quiere llevarse una buena hostia. -le advirtió el anticuerpo.

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