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Tonterías importantes

rupurrup | 10 Desembre, 2009 09:16

En las terrazas desiertas de las temporadas bajas, ropas vacías de gente penden de un hilo al sol de Diciembre.

Donde los niños desafiaron a la procesionaria y construyeron cabañas indias de pequeño gran hombre, se rinde hoy la playa y sobrevive un pinar, que se refleja al final de las tormentas en los estanques tranquilos de sal.

En la Avenida Primavera, un perro orina a los pies de esa palmera que, otro invierno más, aleja sus dátiles de la tierra, muriendo dos palmitos de pena. Acabada la meada, el animal arrastra con su correa a una aburrida pareja de fijos discontínuos de hotel, que discuten con el fin de entretenerse un poco y de poder quererse, al menos, hasta la medianoche de San Silvestre.

- Ajjj, ¡qué difícil ser escritor!- se queja, en voz baja, Javier Salamayor.

Són las cinco de la tarde y tirita, en su despacho, el director del Hotel “Vallesol”, cerrado por frío. La aguja pequeña de su reloj de pulsera ha sobrevolado ya dos números desde que empezó a escribir esta novela, que Javier cree que podría convertirse en la segunda parte de “El Resplandor”. Sigue buscanso palabras para describir lo que Jack Torrance vería por la ventana si no estuviera pintándola de blanco, subido en su andamio alquilado, Juan el pintor.

- Juanito, ¡qué difícil es esto de ser escritor!- repite alzando la voz.

- No se queje Salamayor, con lo que usted gana no necesita trabajar de artista como aquí un servidor - bromea Juan, sosteniendo una brocha gorda en la mano y un purito a topos blancos en sus labios quebrados por la tramontana.

En el tiempo que Juan ha pintado cuatro ventanas y dos persianas, Javier se ha exprimido el cerebro delante de su ordenador para crear tres míseros párrafos. Y lo peor es que ya está agotado… Como último recurso del dia, busca en su teléfono móvil nuevas ideas para su novela. Ideas que guardó en verano como mensajes de texto en la carpeta “borradores”. Surgieron en las cenas de gala, mientras se paseaba saludando a los clientes de mesa en mesa, llevando una enorme copa de vino tinto entre el índice y el corazón de la otra mano.

Revisando, al fin, mensajes antiquísimos de su tarjeta SIM, lee uno que recibió de un excompañero de la escuela de hostelería, un chico que vive, o vivía, en Berlin: “Javier, mein freund, no sé nada de tu vida ¿Has acabado ya alguna novela? ¿Te casaste? ¿Tienes familia? ¿Te seleccionaron para ese trabajo en Pekín?”

Javier se levanta de su sillón y, con toda su malafollá, lanza el móvil contra una minúscula alfombra persa, regalo de unos clientes turcos de Berna. La batería del móvil se fuga enseguida de su carcasa e intenta escapar por la ventana. Juan, en su andamio, se asusta con el fuerte golpe del litio en el cristal de la ventana cerrada y, sin querer, se pinta de blanco media cara.

- ¡Ostia! ¿Qué ha sido eso? -grita.

- Se me cayó el móvil.

Juan sonrie en falsete mientras musita, con su media cara rosada, que “con lo que gana el hijoputa de Salamayor, por no hacer nada, seguro que se puede comprar un móvil caro cada semana”.

El director del Vallesol recoge las piezas del teléfono y sale de su despacho despidiéndose del pintor y desistiendo por el momento de sus sueños de escritor.

En el largo pasillo hasta la recepción se da cuenta de que la vida es corta.

A la altura de conserjería le sobresalta de repente el ruido de un golpe seco, seguido del aleteo de quien no puede volar porque no tiene espacio suficiente. Ve a un gorrión que se ha quedado encerrado en el inmenso y desolado hall y choca su cabecita con la puerta autómatica de cristal. Javier lo acoge en su mano y lo devuelve a la vida abriéndole la pequeña puerta del personal. El pájaro sale volando y su salvador haría lo propio, si pudiera, pero se resigna a bajar caminando la escalera de su trena. A recorrer de arriba abajo, con parsimonia, la avenida Primavera. A atormentarse de mala manera desde que sale del hotel hasta que cena. A darse pena.

Al pasar cerca de una montaña de sal gruesa, le cae encima esa frustración que provocó malestar en la palmera de su recién estrenada novela: “el fruto que debería estar entregando al mundo, está cada vez más lejos de la tierra”. Y es que si su misión es llenar la vida con algo grande, a estas alturas del suelo ya debería saber qué puto sueño elegir para llenarla: una novela por fin acabada, un descubrimiento importante, una empresa revolucionaria...algo, lo que sea, para que el nombre de Javier Salamayor sobreviva a su propia muerte.

Este director veraniego / escritor de invierno esta paseando por una de las peores tardes en cuanto a pensamientos negativos se refiere. Menos mal que llega al portal de su piso cabizbajo.

Sonia es una buena amiga que regenta un almacén agrícola en un pequeño pueblo de dos mil habitantes. Vende comida y accesorios para perros, gatos y otros animales, así como semillas y plantas, y algunos productos para el jardín y para la casa. Javier le encargó, a finales de noviembre, una esterilla negra de plástico para colocar en el portal de su entrada. Por eso, cuando llega el hombre a su casa cabizbajo, se acuerda de Sonia y de la esterilla que le falta, y se dice a sí mismo que “será dificil encontrar mejor momento para ir a buscarla”.

- ¡Hey Sonia! ¿qué tal? ¿Te ha llegado ya mi esterilla? Dime que sí. La necesito con urgencia. Vengo ensuciando mi alma desde que salí del hotel, y no quiero entrar en casa con toda esta mierda bajo mis pies.

- Ya estamos otra vez…

- Si me pudieras vender dos o tres pensamientos reconfortantes…

- Te he dicho mil veces que en este almacén nanai de pensamientos para humanos. Sólo pienso para animales.

- Y si me convierto en jabalí… ¿pensarás para mí?

- ¡Ni aunque te conviertas en el osito Misha!

- Joder.

- ¡Pero deja ya de pensar, ostia! ¿Cómo tengo que decírtelo? ¡qué no son pensamientos lo que necesitas! El otro día me contaron por ahí que llevas amontonando pensamientos desde principios de Abril. ¿Por qué no intentas borrar algunos o cambiar los negativos por positivos? No sé… o al menos trata de ordenarlos… Carlos.

- ¿Carlos?

- Sí. “Carlos”- sonríe traviesa ella-…es que me gusta mucho “Carlos”…Suena a nombre de rey, ¿a que sí?…”¡Carlos!” –repite con voz grave-…además rimaba con “ordenarlos”… y ya sabes lo poetisa que soy.

- Sí…

- Bueno…a lo que vamos, Javier: el tema de tu esterilla…déjame ver…hmm… pues creo que no me ha llegado todavía. Estará al caer… ¡lo que me acaban de traer son unos árboles de navidad preciosos! ¿los quieres ver?

- ¡Ajjj, no! Este año voy a celebrar la navidad a pan y agua. He pensado pasarla en la cima del Aconcagua, solito con mi soledad.

Sonia resopla, junta las palmas de las manos y dirige sus ojos azules hacía las vigas del techo.

- ¡Aiiii Virgen de la Paciencia, si te apareces algun dia por mi tienda, voy a hacerte un pedido tan enorme que me tendrás que hacer un rappel sobre ventas!

Él se rie y ella coge la escoba para empezar a barrer.

- Anda tio, vete ya, que me deprimes a la clientela con tus neuras. Si quieres hablar, quedamos esta noche, a las nueve, en el italiano donde habitualmente nos comemos la olla.

- Vale.

- Puede que aparezca unos minutos tarde. Si llegas tú antes, me pides una pizza cualquiera. ¿Vale?

- Vale.

- ¡sin roquefort!

Y así Javier se despide del almacén sin la esterilla y sin ningún antídoto contra su dolor, aunque se lleva puesta una sonrisa de las que Sonia vende al por mayor.

En el recibidor de la única pizzería abierta en todo el pueblo fantasma de Salamayor hay una estufa eléctrica que sólo sirve para que los clientes que entran desde la calle Luna pronuncien algunas efes de frío al acercar las manos heladas al radiador. Tiene tan poca potencia la condenada estufa, que cuando uno se sienta a la mesa, el vino pasa a ser la única fuente de calor. Suerte que la música ambiental está bién, y algunas pizzas también.

Sonia entra justo en el momento en el que una banda de Nueva York canta “It’s up to me now, turn on the bright lights”. Son las nueve y diez. Javier ya está sentado y le ofrece una rebanada de pan de ajo mientras ella coloca la chaqueta en el respaldo de su silla.

- Hace frío aquí, ¿no? ¿Qué me has pedido?

- Pues la pizza que comes siempre, Sonita.

- ¡Guay!… Bueno, a ver, cuenta… ¿que coño te pasa hoy?

- Pues, en resumen, que me estoy haciendo mayor y no maduro. Y que, si sigo así, voy a morir sin entregar mis dátiles al mundo.

- ¡Te voy a dar un dátil yo a ti…! Anda, explícame la versión extendida... Aunque la verdad no se ni porqué pregunto…Tu y yo sabemos que por muchas filosofadas que me cuentes, el problema intrínseco va a ser que no follas desde hace meses.

- No, esta vez es más profundo… Verás… hoy he empezado a escribir otra de esas novelas que nunca acabo, y mientras escribía me ha venido a la cabeza una historia muy triste. La protagonista es una palmera que va creciendo, cada año un pelin más, tanto en altura como en edad, pero misteriosamente sus dátiles no acaban de madurar. Aún verdes, éstos van alejándose progresivamente del suelo, por lo que, aunque al final maduren, cada vez se hará más difícil que alguien pueda llegar hasta ellos para comérselos.

- Mmmm dátiles… ¡con bacon! ¿Pedimos una ración?

- Sonia, venga, joder, ¡escúchame!

- Perdón. Te escucho.

- Pues eso, que con cada centímetro que crece la palmera, más difícil resulta subir hasta la copa para recoger sus frutos. Si lo piensas, es grave el asunto, porque los dátiles son la razón última y primera de la existencia de la palmera. Y la pobre crece y crece y al final resulta tan jodido llegar hasta sus dátiles que todo el mundo se olvida de ella, la dejan sola y abandonada con sus dátiles allí colgando a veinte metros de altura…

- Pobre palmerita…

- ¡Sí! ¡Pues esto es, en definitiva, lo que no quiero que me pase a mí!

- Hombre, normal…yo tampoco quiero que te cuelguen los dátiles a veinte metros de altura.

- Debo entregar algo al mundo, y estoy perdiendo el tiempo con chorradas inútiles. Hasta ahora he llenado mi vida con muchas introducciones, pero muy pocos desarrollos. Por no hablar de finales… Cuando pienso que, a mi edad, mi padre ya tenía una familia, y Björn Borg había ganado seis Roland Garros y cinco Wimbledons…

- ¿Biombo? ¿Quién es Biombo?

- Un tenista sueco.

- Aha…Joer es que me lias con los dátiles y los tenistas… ¡Habla claro, joder! ¿Qué es lo que quieres? ¿tener hijos?

- No, no es exactamente eso. Tener hijos está muy bien pero no creo que sacie por completo mi apetito.

- Hombre, ¡no te los tienes que comer!

- Mis hijos tendrán parte de mí a través de mi código genético, pero nunca serán “Javier Salamayor”. No sé si me entiendes…

Sonia le da el último mordisco a una rebanada de pan de ajo y se pone seria.

- Sí, te entiendo, Javier. Lo que te preocupa entonces no es tanto el hecho de no madurar, sino que se olviden de ti como se olvidaron de la palmera. Por eso quieres producir unos dátiles tan acojonantes que hasta en los mercadillos callejeros del año 3.000 se encuentren dátiles clonados de ti.

- Sí, algo así… Tengo que hacer algo grande. Algo inmortal.

- Pues adelante, ¿a que esperas? Céntrate y empieza a producir. Enciérrate en tu casa durante algunos meses hasta que cagues un dátil como un libro.

- Eso sería genial, pero aquí viene la parte triste: no puedo hacer eso, porque mi religión me lo prohibe.

- ¿Qué religión? ¿Qué coño dices?

- La física cuántica.

- ¡Anda ya! ¡No me jodas!

- Sí, Sonia. La física cuántica dice que la realidad está compuesta por dos o más universos paralelos, y que cuando te situas en la piel del observador, cuando participas de ellos, sólo uno de esos universos se te aparece. Los otros, a pesar de que siguen existiendo, se desvanecen justo delante de tus ojos.

- Entiendo. O sea, tú quieres hacer algo grande en la vida, pero no puedes dedicar ni unos meses de esa vida a lo que más te gusta, porque cuando te centras en algo concreto dejas de ver “los otros universos existentes”...

- Sí, vendría a ser algo así… ¿No te doy pena?

- No mucha, la verdad. Aunque te aconsejo que te pases a mi religión. Es mucho mejor. En mi religión puedes ser feliz incluso con un único universo. Si quieres, tienes la posibilidad de eliminar, además, la mitad de las estrellas. ¡Y doscientos mil planetas! Mirame a mí, por ejemplo: yo puedo ser feliz con una casa, un perro, un trabajo y una persona que me quiera.

- No sé, Sonia, supongo que tengo demasiadas puertas abiertas.

- Sí, será eso…o un mal día…

El camarero trae las pizzas y Sonia aprovecha para contarle a Javier que ella también ha tenido una mañana algo gris. Ha ido a la perrera municipal y ha visto a todos esos perritos a punto de ser sacrificados, y le daba mucha pena tener que elegir sólo a uno.

- Después de lo que he visto, tio, te juro que mataría a estos descerebrados que pagan una barbaridad por un perro de raza “última moda”, cuando podrían salvar a uno que va a morir en una hora. Es que, además, un perro salvado en la milla verde, es un perro eternamente agradecido. Vale la pena el esfuerzo de llorar un par de horas en la perrera si la recompensa es devolver la alegría a ese animalito. Tendrías que ver cómo se le refleja el agradecimiento en sus ojos. ¡Es alucinante!

En medio de la cena, los dos se dan cuenta de que la pizza va a ser muy pequeña para todo lo que tienen que decir. Discuten un rato más sobre física cuántica aplicada al aburrimiento y sobre los porqués de las cosas que se acaban. Hablan sobre la crisis de valores de jóvenes de hasta 50 años, y de cómo hacer para ser mejores personas.

Para zanjar el debate, Sonia sentencia, de cachondeo y sin pruebas fehacientes, que lo que le pasa a Javier es que no ha follado desde hace meses. Él lo niega durante la sobremesa, rompiendo en pedacitos la etiqueta de la Coca-Cola.

Los ojos de Javier han recuperado, en esta cena, la alegría de perro de perrera y de gorrión de hotel que esquivó la muerte. A cada mordisco le ha bajado la presión de tener que estar hinchando su vida con dátiles del tamaño de un continente. Con una pizza de salami y un tiramisú ha sido más que suficiente.

A las 12 de la noche, bajo el glacial de la calle Luna, le da dos besos a Sonia y se despide de su idea de pasar la navidad solito en la cima del Aconcagua, a pan y agua.

Llega a casa con el alma impoluta, como si Juan se la hubiese pintado usando la brocha gorda con la que pintó su ventana. Ya no necesita esterillas negras de almacenes agrícolas, ni remedios para el dolor de amor de farmacias de amantes.

La soledad se le ha curado con sólo tener a alguien para hablar de esas tonterías que para él son importantes.

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